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INTRODUCCIÓN


INTRODUCCIÓN



Vivimos en unos tiempos donde está de moda rememorar, en cada pueblo, aquellos acontecimientos históricos ocurridos en el. Yo también quiero recordar, brindándoles un pequeño homenaje, a aquellas personas, ya desaparecidas, que mediado el siglo XX hacían de Carracedo un pueblo vivo.
Aquellas gentes no tenían ocho horas de jornada laboral. Su jornada era de 16 horas, los siete días de la semana. A las seis de la mañana ya se escuchaba el rodar de los carros o el caminar de los animales, dirigiéndose a las fincas, por los maltrechos caminos. Volvían a casa con el sol ya puesto, pero el trabajo todavía continuaba un par de horas, ya que había que atender a todo tipo de animales que había en casa y que eran indispensables para la supervivencia familiar. En la mayoría de los casos la esposa acompañaba a su marido en las labores agrícolas. Los niños iban a la escuela, siempre que no fueran necesarios en las tareas del campo; muchos días comían solos; cuando regresaban de la escuela de la tarde tenían que realizar las tareas encomendadas por sus padres, tales como: ir de pastores, limpiar las cuadras, preparar la comida de los animales, etc y todo ello sin rechistar.


Familia de Concha y Martín

En el museo El Varal están expuestos la mayoría de los aperos agrícolas que utilizaba la gente de aquellos tiempos para realizar los distintos trabajos.
A continuación se relacionan aquellos vecinos del barrio de El Teso de Carracedo del Monasterio que, en la década de los 50, marcaron toda una época en el pueblo. Es notorio que no todos los vecinos coincidieron en el tiempo.

Rosario y Manuel
Lidia y Ángel
Manuela y Hortensio
Emerenciana y Manuel
Hildegundes y Samuel
Los hermanos. Ernestina y Longinos
Magdalena y Eumenio
Pilar y Ángel
Manuela ( la Ferreira)
Fregenia y Alfonso
Manuel ( la Coba) e Ignacio
Lola y David
Glafira y Antonio
Virtudes ( 2ª esposa de David)
Sara y Daniel
Paz y Luis
Esther y Félix
Herminia
Diolinda y José ( el Garrocho)
Dolores y Félix
Pura y Saturno
Mariángela y Antonio
Peral
Esperanza y Blas
Teresa y Dario
Consuelo e Isidro
Josefa Barra
Esperanza y Urbano
Andrea y Pedro
Lisiña y José
Antonia ( la Loca)
Felisa y Eugenio
César ( el Cartero)
Nevadita y Silviano
Carmen y Ángel
Honorina
Josefa y Lisardo
Milagros y Eduardo
Dominga y Cándido
Aurelia y Eumenio
Genoveva y Serafín
Oliva y Rogelio
Josefa y Bernardo
Onestina y Félix
Concha y Martín
Celia y Alberto
Los hermanos: Aurea, Dario y Corina
Aminta y Eliseo
Los hermanos: Emilia y Amelio
Sabina
Lucía y Manuel
Antonia y José
Gloria y Antonio
Isabel y Félix



    En los años 50 Carracedo no era un pueblo rico, tampoco pobre, debido a la gran extensión de terreno de regadío que tenía. La presa de los molinos, que nace en San Martín y muere en Carracedelo, hacía que Carracedo dispusiera de una hermosa pradería y una buena vega con fincas de tabaco, patatas, etc. A orillas del río Cua, aunque también había pradería, dominaban los chopos para la construcción y los alisos, salgueiros y otros árboles para alimentar las cocinas , algunas todavía de suelo. Otros dos pequeños cauces con buenos cangrejos, que se secaban en verano, daban lugar a los lameiros  a orillas de la Magariña y los huertos a los lados  del Colector. La parte de secano, que era bastante grande, no funcionaba todavía el canal Bajo del Bierzo, estaba ocupada por las viñas en las partes altas y por los cereales en las Colonias y en el Fabero.

   Los caminos ¡ vaya caminos¡ estaban sólo preparados para carros, caballerías y peatones. Hacia Narayola salía un camino solo transitable en verano, en invierno se llenaba de pequeñas lagunas que lo hacían intransitable. El camino de Carracedelo era estrecho, lleno de baches, malo pero muy bonito y agradable, ya que se introducía, casi como un túnel, entre dos beirones que cepillaban los carros cuando pasaban cargados de hierba o cereal. El menos malo era el que iba a Cacabelos, por este, aparte de carros, caballerías y bicicletas, circulaban tres camionetas y un pequeño coche de madera, famosos en aquellos tiempos. La del Portugués de Cacabelos, casi siempre cargada de carbón de islan. La de Darío Osorio, que conducía Jovino, que, casi siempre, iba cargada de bullo ( orujo), para fabricar aguardiente. La camioneta de Isidoro, de San Martín, se dedicaba a todo tipo de transportes, incluso la convertía en transporte de viajeros colocando un toldo encima de la caja. El coche de madera, el taxi del pueblo, era conducido por Gorgonio y por Hortensio, ocurría algunas veces que en vez de llevar el coche a la gente, tenía la gente que llevar el coche. Los caminos buenos eran los de la Colonia, superficie robada, a principio del siglo XX,  al monte y, por Colonización, convertida en extraordinarias parcelas; todas tenían su casa vivienda y, en casi todas, había una o dos norias que, sacando el agua desde 7 o mas metros, servía para regar parte de la finca.

   Exceptuendo al cura, D.Celso, y al maestro, D.Santiago, el resto de las familias vivían todos, con pequeñas diferencias, de lo mismo: Una pareja de vacas que, aparte de realizar los trabajos agrícolas, producían terneros y leche para la venta, algunas veces para el consumo. Dos o  tres cerdos, de los que uno o dos se vendían, algunos hasta vendían los jamones de los que se mataban en casa. Burro, burra o caballo para realizar pequeños trabajos agrícolas y transportar pequeñas cargas. Gallinas, pollos y conejos formaban la granja de todas las familias, incluso del cura y del maestro. Algunos padres de familia acudían, en bicicleta o a pié, a la fábrica de cementos Cosmos en Toral de los Vados o a la térmica de Ponferrada.
  
  Sin embargo, a pesar de tanta miseria, la gente era feliz. Por las noches se reunían las familias, contaban chistes, jugaban a las cartas, cantaban y se comentaban las cosas del pueblo. Los sábados, por la noche, se formaban grupos que recorrían al pueblo, visitaban las bodegas, cantando canciones populares.